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Sobre la producción de la idiotez contemporánea

Publicado por Periódica | lunes, abril 20, 2026 11:52 pm | Ensayo | 0

Sobre la producción de la idiotez contemporánea

Hay épocas en las que el poder se ejerce mediante la prohibición; hay otras, más sofisticadas, en las que se ejerce mediante la saturación. La nuestra pertenece a estas últimas. No se nos impide pensar: se nos distrae de hacerlo. No se nos niega el acceso a la información: se nos inunda hasta volverla irrelevante. En ese desplazamiento —silencioso, progresivo, eficaz— se juega una de las transformaciones más profundas de la contemporaneidad: la sustitución del pensamiento por la reacción.

La tesis es incómoda, pero difícil de eludir: la estupidez, lejos de ser un accidente o una simple carencia individual, se ha convertido en una condición producida, funcional a los sistemas de poder que estructuran la vida política, económica y cultural. No se trata de una degradación espontánea del intelecto colectivo, sino de una forma de organización de la conciencia. El sujeto que piensa —lento, contradictorio, imprevisible— resulta costoso. El sujeto que reacciona —rápido, emocional, predecible— es, en cambio, altamente gestionable.

En este contexto, el mercado y la política han encontrado un terreno común: ambos requieren consumidores. Uno de bienes, el otro de discursos. Y ambos operan bajo una lógica similar: no satisfacer necesidades, sino producirlas. La ansiedad se convierte en motor, la identificación en recompensa. Consumir ya no es solo adquirir, sino pertenecer. Y pertenecer implica alinearse: con una marca, con una causa, con un líder.

El ciudadano, así, se desplaza hacia una figura más maleable: la del consumidor emocional. No decide a partir de argumentos, sino de afinidades afectivas; no delibera, sino que responde. La política, en este escenario, deja de ser un espacio de confrontación de ideas para convertirse en una ingeniería de percepciones. Ya no importa la consistencia del discurso, sino su capacidad de activar emociones: indignación, miedo, orgullo, resentimiento.

Aquí radica una mutación clave: el pensamiento crítico no es suprimido de manera frontal —lo que generaría resistencia—, sino sometido a tres operaciones más eficaces. Primero, la ridiculización: quien piensa es presentado como arrogante, desconectado o sospechoso. Segundo, la dilución: toda idea se fragmenta en versiones, opiniones, interpretaciones, hasta perder densidad. Y tercero, la saturación: el exceso de información impide distinguir lo relevante de lo trivial. En conjunto, estas estrategias no eliminan el pensamiento, pero lo vuelven inoperante.

El resultado es una paradoja contemporánea: nunca habíamos tenido tanto acceso al conocimiento y, sin embargo, nunca había sido tan difícil ejercer el discernimiento. La sobreinformación no ilumina; enceguece. Produce una ilusión de saber que sustituye al saber mismo.

En este entorno, la emoción se erige como criterio de verdad. No se cree en algo porque sea cierto, sino porque se siente como tal. La identidad reemplaza al argumento. Se pertenece antes de comprender. Y en esa lógica, la polarización se vuelve no solo útil, sino necesaria. La multiplicidad es compleja; la dicotomía simplifica. Definir un enemigo claro otorga cohesión interna y facilita la movilización. La discusión de ideas cede su lugar a la defensa de banderas.

La estupidez, entonces, deja de ser un déficit cognitivo para convertirse en una identidad emocional. No se oculta: se afirma. No se corrige: se defiende. Y cualquier intento de cuestionarla es percibido como un ataque. En ese punto, el sistema ha logrado una de sus operaciones más eficaces: convertir una limitación en virtud. La ignorancia se vuelve orgullo; la superficialidad, autenticidad; la reacción, participación.

Pero este proceso no sería sostenible sin un dispositivo tecnológico que lo amplifique. Las plataformas digitales no solo distribuyen contenidos: modelan conductas. Los algoritmos no buscan verdad, sino engagement. Premian lo que retiene atención, no lo que la merece. Y lo que retiene atención suele ser lo inmediato, lo emocional, lo polarizante. Así, la arquitectura misma del espacio público digital favorece la simplificación, la repetición y el exceso.

En ese circuito, el individuo encuentra gratificaciones constantes: likes, compartidos, validación instantánea. Pequeñas dosis de reconocimiento que refuerzan la conducta. La catarsis sustituye al análisis. Opinar reemplaza a estudiar. Reaccionar, a comprender. Y en ese flujo continuo, el tiempo mismo del pensamiento —que requiere pausa, duda, elaboración— queda fuera de juego.

Sin embargo, la crítica a este fenómeno no puede situarse cómodamente fuera de él. Esa es, quizá, la dimensión más inquietante: nadie está completamente a salvo. El mismo sujeto que denuncia la superficialidad puede ser partícipe de ella; quien critica la manipulación puede estar siendo moldeado por ella. La frontera entre conciencia y captura es más porosa de lo que quisiéramos admitir.

De ahí que el problema no sea únicamente político o cultural, sino profundamente ético. Implica preguntarse no solo por las estructuras que producen esta condición, sino por la disposición individual a sostener el esfuerzo de pensar en un entorno que constantemente lo desalienta. Pensar implica incomodidad, lentitud, contradicción. No ofrece recompensas inmediatas. Exige, en cierto sentido, resistir.

Frente a una época que privilegia la superficie, pensar es un acto de profundidad. Frente a una cultura que exalta la reacción, pensar es un acto de interrupción. Frente a sistemas que requieren previsibilidad, pensar es un gesto de imprevisibilidad.

La pregunta, entonces, no es si la estupidez ha sido producida —todo indica que sí—, sino si es posible sustraerse, aunque sea parcialmente, a su lógica. Y esa posibilidad no reside en una pureza imposible, sino en la persistencia de una práctica: la de no renunciar del todo a la exigencia de comprender.

Porque si algo revela esta condición no es solo la eficacia de los mecanismos que la sostienen, sino la fragilidad de aquello que han logrado desplazar. Pensar, en la contemporaneidad, no es una garantía: es una decisión. Y, cada vez más, una forma de resistencia.

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