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La persistencia como disidencia: Kihlen, Herrera y la abstracción

Publicado por Periódica | martes, abril 21, 2026 12:43 am | Cultura | 0

Hablar de Ides Kihlen y Clara Herrera en un mismo trazo implica asumir un riesgo: el de forzar una simetría donde no la hay. Pero si el análisis se desplaza del terreno biográfico al estructural, lo que emerge no es una comparación, sino una zona crítica: un punto donde la abstracción latinoamericana deja de ser historia y se convierte en problema.

Porque el verdadero eje no es quiénes son, sino qué revelan. La abstracción —ese lenguaje que alguna vez fue promesa de universalidad, de orden, incluso de redención formal— hoy habita un lugar paradójico: no ha desaparecido, pero ha perdido centralidad. Ya no organiza el campo; lo atraviesa. No es hegemonía, sino residuo activo. Y, sin embargo, persiste.

La pregunta entonces no es formal, sino ontológica: ¿qué significa insistir en un lenguaje cuando su legitimidad histórica ha sido desplazada?

Kihlen responde desde una temporalidad casi anacrónica. No porque esté fuera de su tiempo, sino porque su obra no depende del tiempo del reconocimiento. Durante décadas produce sin interlocución institucional relevante. No hay validación, pero tampoco hay adaptación. Su práctica no se ajusta a la lógica del campo; la ignora. Y en esa ignorancia —que no es ingenua, sino estructural— se produce algo inusual: una obra que no está mediada por la expectativa de ser vista. Esto es más radical de lo que parece.

Porque el sistema del arte no sólo distribuye visibilidad; produce condiciones de posibilidad para la obra misma. Determina qué se hace, cómo se hace, para quién se hace. Kihlen, en cambio, produce como si ese sistema no existiera. Su abstracción no es reacción ni diálogo; es continuidad. No hay voluntad de inscribirse en una genealogía, ni de actualizar un lenguaje. Hay, simplemente, una fidelidad a la práctica.

Y esa fidelidad desestabiliza algo fundamental: la idea de que el valor artístico depende de su inscripción en el sistema. Herrera, en contraste, no está fuera de ese sistema. Su práctica —en la medida en que puede trazarse— ocurre dentro de un campo saturado, hiperarticulado, donde la visibilidad no es escasa, sino fragmentaria. Aquí el problema no es la exclusión, sino la indeterminación. Todo circula, pero no todo se fija.

Su abstracción, depurada, contenida, casi ascética, no compite por centralidad. No busca expandirse discursivamente ni hibridarse con otros lenguajes para ganar relevancia. Se sostiene en una economía formal rigurosa, donde cada elemento responde a una lógica interna. Pero esa claridad no garantiza lugar. Y ahí se revela otra transformación:
el sistema contemporáneo no sólo decide qué entra, sino qué permanece.

Entre Kihlen y Herrera no hay equivalencia, pero sí una continuidad desplazada: ambas operan en un régimen donde la abstracción ya no es motor del campo, sino persistencia en sus bordes. Esa persistencia, sin embargo, no es pasiva. En Kihlen, es casi una forma de autonomía radical: producir sin necesidad de ser vista. En Herrera, es una forma de resistencia silenciosa: sostener un lenguaje sin ceder a la lógica de la tendencia.

Ambas posiciones cuestionan la relación entre arte y actualidad. Porque si algo define al campo contemporáneo es su obsesión con el presente: con lo inmediato, lo urgente, lo discursivo. La abstracción, en cambio, opera en otra temporalidad. No responde a la contingencia; la suspende. Esto no la vuelve apolítica. Al contrario.

En un contexto donde el arte se legitima cada vez más por su capacidad de enunciar, de posicionarse, de intervenir, la abstracción introduce una fricción: ¿puede haber crítica sin discurso explícito? Kihlen parece responder que sí, pero desde un lugar inesperado: no a través de la confrontación, sino de la indiferencia estructural. Su obra no discute con el sistema; lo desborda por omisión. Existe sin pedir permiso, sin negociar su forma.

Herrera, por su parte, plantea otra posibilidad: la de una crítica desde la economía. En un campo saturado de signos, de narrativas, de sobreproducción simbólica, su reducción formal puede leerse como un gesto de resistencia. No añade; sustrae. No amplifica; concentra.

Ambas, entonces, trabajan contra la lógica dominante, pero desde estrategias opuestas. Si el sistema del arte puede pensarse como una economía —no sólo simbólica, sino también material— entonces el reconocimiento no es un reflejo del valor, sino su condición de circulación. Lo que no circula, no existe en términos de mercado, de crítica, de historia.

Kihlen interrumpe esa lógica: su obra existe antes de circular. Herrera la evidencia: su obra circula sin necesariamente consolidarse. Ambas situaciones revelan una falla estructural:
el sistema no garantiza correspondencia entre producción, visibilidad y valor. Y en esa falla, la abstracción encuentra un espacio inesperado.

No como lenguaje dominante, sino como territorio de insistencia. Un lugar donde la obra no se legitima por su novedad ni por su capacidad de inserción discursiva, sino por la intensidad con la que reorganiza sus propios elementos.

Esto obliga a replantear una última cuestión: ¿qué queda de la abstracción cuando ya no es vanguardia, ni programa, ni tendencia? Quizá esto: una forma de pensamiento que no necesita traducirse en discurso para operar. Una práctica que no depende de la visibilidad para sostenerse. Una estructura que, incluso desplazada, sigue produciendo sentido.

Kihlen y Herrera no reactivan la abstracción; la desplazan hacia otra condición. La convierten en algo más incómodo: un lenguaje que persiste sin garantías.

Y en esa falta de garantías —sin centro, sin hegemonía, sin promesa de reconocimiento— reside, paradójicamente, su potencia más radical.

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