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La guerra que ya empezó EE.UU

Publicado por Periódica | sábado, abril 18, 2026 8:00 am | Trama | 0

La guerra que ya empezó EE.UU

El crimen se volvió sistema. El fentanilo, detonador. Y ahora, la respuesta ya no es judicial: es geopolítica.

Estados Unidos ya tomó una decisión. El crimen organizado en América Latina —y en particular en México— ha dejado de ser un problema de seguridad pública para convertirse en un asunto de seguridad nacional. Y cuando eso ocurre, el lenguaje cambia. También las reglas. El Pentágono no diseña estrategias policiales. Diseña escenarios de intervención. Nombrar a los cárteles como organizaciones terroristas no es una etiqueta más: es una declaración de guerra.

El punto de quiebre tiene nombre: fentanilo. Una droga sintética que ha colocado a Estados Unidos frente a una crisis sin precedentes. Cien mil muertes al año no sólo explican la urgencia: justifican la radicalización de la respuesta. Pero el fentanilo no es únicamente una sustancia. Es una economía. Una economía que inicia en la importación de precursores químicos desde Asia, se transforma en laboratorios clandestinos en México y termina en las calles de ciudades como Chicago, Houston o Atlanta. Ese circuito no es improvisado. Es industrial. Y está controlado.

Uno de los actores centrales en esa estructura es La Familia Michoacana. Un grupo que en poco más de una década dejó de ser una organización regional para convertirse en una red con presencia nacional e internacional. No sólo trafica drogas: controla territorios, impone precios, cobra impuestos, desplaza comunidades y administra economías enteras. Ese es el verdadero salto del crimen organizado en México: ya no opera al margen del sistema. Opera dentro de él. Su expansión no se explica únicamente por la violencia —aunque la ejerce con brutalidad—, sino por su capacidad de insertarse en estructuras institucionales debilitadas o, en el peor de los casos, coludidas. Porque donde hay protección, hay permanencia.

La escena en Tierra Caliente, Guerrero, no es excepcional. Es representativa. Comunidades atacadas, viviendas incendiadas, familias desplazadas, niños heridos. Pobladores que piden la intervención del Estado no como un derecho, sino como una súplica. Ese es el síntoma más claro de la crisis: cuando la seguridad deja de ser garantía y se convierte en petición. Los testimonios coinciden en un punto: el despojo. No sólo de tierras, sino de condiciones mínimas de vida. El crimen ya no sólo trafica. Administra.

Mientras tanto, la respuesta institucional se fragmenta. Estados Unidos sanciona, ofrece recompensas millonarias y construye expedientes judiciales. México desmantela laboratorios y detiene operadores. Pero el fenómeno permanece. Porque atacar a individuos no desarticula sistemas. Porque destruir puntos de producción no detiene cadenas de suministro. Porque la estructura que sostiene al narcotráfico no está en la superficie, sino en su arquitectura: puertos, aduanas, rutas comerciales, redes financieras. Ahí es donde el combate se vuelve difuso. O selectivo.

Hay un elemento que atraviesa toda esta historia y que rara vez se enfrenta de manera frontal: la corrupción. Los precursores químicos no llegan solos. Las rutas no se abren por accidente. El dinero no se mueve sin permiso. Puertos, aeropuertos, aduanas, corporaciones de seguridad. En cada uno de esos puntos hay decisiones, omisiones o complicidades que permiten que el sistema funcione. Por eso el problema no es sólo criminal. Es estructural.

En ese contexto, la ofensiva que prepara Estados Unidos no es sorpresiva. Es la consecuencia lógica de un diagnóstico: el problema no está contenido. Y cuando una potencia considera que no puede esperar a que otro Estado resuelva un fenómeno que le afecta directamente, la intervención deja de ser posibilidad y se convierte en escenario. La pregunta ya no es si ocurrirá. Es bajo qué condiciones.

La guerra contra el fentanilo no es una guerra contra las drogas. Es una disputa por el control. Control del territorio. Control de las rutas. Control del dinero. Y, en el fondo, control del poder. Estados Unidos ya eligió su narrativa: combatir. México aún no define la suya. Y mientras esa definición no llegue, el riesgo no es sólo la expansión del crimen, sino la pérdida progresiva del control sobre el propio territorio. Porque cuando el Estado no gobierna plenamente, alguien más lo hace.


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